
Aurélien era el hermano de mi antigua peluquera. Era un chico de aspecto anodino de los que siempre caminan mirando al suelo como si tuviera miedo de descubrir cosas que no quería ver. Debo reconocer que pasaron meses antes de que me diera cuenta de que no era una sombra.
Había terminado la carrera y sin ningún trabajo a la vista se había encerrado mucho más en si mismo. Para escapar de la casa familiar solía ir a la peluquería de su hermana donde había habilitado un cuarto trastero en el que pasaba las horas muertas.
Por razones que no vienen al caso fue en ese, su reducto de paz, donde nos conocimos. Teníamos la misma edad, una vida totalmente diferente y lo más curioso era que veíamos el mundo como si tuviéramos siempre la espalda pegada uno al otro; 180 º de diferencia.
Después de lo que fue una muy corta pero intensa amistad en la que nunca nos rozamos ni las manos, Aurèlien me dejó un mensaje de 30 minutos en el contestador para decirme que si iba, que lo dejaba todo, que había encontrado el camino.
Ingresó en un convento de clausura y allí sigue. Se que es feliz pero no ha querido recibirme; a través de una verja con cortina me dijo que no estaba preparado para enfrentarse al mundo exterior. Así que después de recorrer nubes y carreteras arriba y abajo tuve sin decirle adiós sin poder ni siquiera verle.
De todas formas me gustó intentarlo. Claro que si.