jueves, 1 de mayo de 2008

Una mujer de verde envuelta en Ravel




He buscado un color antagonista con la falta de sol
con la lluvia incesante
y
este color
es
MI VERDE


De todos los colores que puedo elegir para lanzar sobre mis lienzos
la mayor parte del tiempo no soy yo la que decide
es mi estado de ánimo
es la luz o su ausencia
es la risa de Colette hablando con su hermano por teléfono
y sobre todo es la música de fondo la que dirige mi mano
al norte o al sur de mi paleta.



Nuestro vecino, Monsieur Jennepin, el violinista que comparte su techo con mi suelo, ya no vive solo. Su sobrino Carlo acaba de ocupar uno de los cuartos vacíos que sólo servían para acumular polvo y recuerdos.



Desde su llegada el abanico de sonidos al que estábamos acostumbradas se ha modificado considerablemente.


Carlo nació en Cremona (Italia), lugar en el que muchos años atrás también vino al mundo el violín de su tío. Pero éste no era su instrumento, las cuatro cuerdas se quedaban cortas, así que buscó un instrumento de cuerda con teclado. El piano.


El señor Jennepin no tiene mucha familia, y la que le queda, a excepción de Carlo, digamos que está o muy lejos o muy olvidada para que puedan hacerse cargo de él.


Por ahora y para nosotras,
el sobrino desconocido, el pianista que espera la llegada de su piano, es un gran misterio. No hemos visto su rostro, sólo sus pasos lentos haciendo crujir la madera al subir y bajar por las escaleras.


Creo que se encuentra enjaulado en este París sin piano, sin sol, con lluvia, se siente obligado a cuidar del anciano que fue su alimento musical, su proveedor de sellos, aquel familiar lejano que le enviaba postales de la gran torre de metal que junto al Sena le ofrecía la ilusión de tocar el cielo.


Quizás es por eso que la música que escucha,
la que yo también empecé a escuchar sin darme cuenta
la que se filtra por su techo hasta mi suelo
es tan triste como mis lienzos cuando pinto sin alma
cuando pinto sin corazón y sin dedos
es tan triste como yo cuando no atiendo a la niña que fui y que llevo dentro.


Carlo me regala cada día y sin saberlo a Michelangeli en el Concierto para Piano de Ravel [2] Adagio assai.....


Al escucharlo me reconcilio con el mundo
mis pinceles hablan solos
me siento viva y radiante
mi paleta vuela en busca de nuevos tonos
creo ver el sol por primera vez
creo sentir la mirada de los ángeles
doy gracias por estar aquí
por sentir
por pintar
por escribir.


Merci Carlo
Merci Ravel, merci beaucoup

5 comentarios:

SOMMER dijo...

No está mal, querida Jeanne reconciliarse con el mundo al ritmo de Ravel. No está nada mal....

Besos

eFi dijo...

Mmmmm, pintar junto al sonido de un piano, que gran combinación. Ravel...mágico! seguro que con su música puedes volar, ver el sol y tocar las estrellas.

Me gustó, volveré a conocerte mejor.

Besos del Sur.

Jon Doe dijo...

No pinto, escribo. Aunque el proceso es idéntico. Sin sonido no funciono, no me siento, sólo estoy.

Me gustó tu manera de contarlo. Que bueno ese buen sonido que encontraste.

Un besote.

Frabisa dijo...

Querida Jeanne, qué bonito imaginar ese verde en tus lienzos, el violín de tu vecino y los sonidos agregados por Carlo que pronto tocará el piano.

¿Cuando podremos ver uno de tus cuadros?

Un besito para ti y para ese París lluvioso y delicioso.

Isa

Abismo Ínfimo dijo...

¡Qué preciosidad de texto!. Realmente atractivo tu blog.

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