lunes, 9 de junio de 2008

Una primera impresión muy equivocada



Si, lo reconozco, suelo dejarme llevar por las primeras impresiones y dictar sentencia rápidamente sin dar opción a una mínima defensa.


En alguna ocasión he juzgado a alguien en los primeros cinco minutos y luego el tiempo me ha demostrado que tenía razón. Pero, en otros muchos casos me he equivocado, cerrando las puertas (sin razón alguna) a lo que podía haber sido, al menos, una gran amistad.


El sábado por la noche durante la cena en casa de Yves, compartí la mesa con cinco perfectos desconocidos y una maravilloso conocido.


Desde el primer instante todos me parecieron increíblemente atentos y educados, todos menos uno, justo la persona que tenía sentada frente a mi.


Rondaba los cuarenta y tantos. Con un aspecto muy serio que contrastaba con su vestuario informal y excesivamente colorido. Gafas de pasta marrón, dientes absolutamente blancos que mostraba al comer y manos más propias de un pianista que del chef que era en realidad.


Durante toda la cena no levantó la cabeza ni para mirarme ni para mirar a los demás. Se limitó a ir comiendo poco a poco de todo lo que había en la mesa. Primero pan con mantequilla salada, luego al terminarse su ración, embadurnó el pan de focaccia con aceite de oliva (siempre presente en las mesas de Yves) y así siguió durante toda la cena, sin reparar en nuestra conversación ni atender por mínima cortesía a nuestro anfitrión.

Quizás lo que más me sorprendió es que yo parecía la única a la que esta situación le sorprendía, para el resto parecía ser algo normal.

Cuando llegó el momento del café dejé escapar un pensamiento interno en relación a mi deseo de tomar una Tarte Tatin ( pensé que nadie lo había oído) pero cual sería mi sorpresa cuando mi desconocido y antipático compañero de mesa levanto la mirada, me dedicó una sonrisa resplandeciente y me dijo:

_Yo solía hacer esa tarta muy amenudo. Era mi buque insignia.

_Pues yo sueño con ella, con la que me hacía mi abuela, con la que nunca volveré a comer _le contesté con una mezcla de melancolía y tristeza_



Acto seguido se levantó, pidió disculpas al resto de los comensales por abandonar la mesa tan pronto y se fue caminando hacia la biblioteca.


El domingo por la mañana cuando me desperté, él ya se había ido. Dejó una nota para cada uno de nosotros.


En ella se disculpaba por su comportamiento, por su forma de ser y de no ser el mismo, por haberme puesto las cosas más difíciles durante la cena y por no haber tenido tiempo de arreglarlo después.


Dentro del sobre había una tarjeta de visita....un pequeño restaurante en Amboise....y escrito a mano "Vale por una Tarte Tatin"....


Me siento tan culpable....


5 comentarios:

Frabisa dijo...

Jeanne, es que casi fue inevitable que sintiéses así.

Yo que tengo un ramalazo visceral que a veces me ataca vilmente, le hubiese puesto podre aunque fuese mentalmente.

Chica, no sé, desde luego la disculpa fue para nota, pero uno cuando está de NO, mejor se queda en casa. Tener enfrente durante una comida a una persona que no levanta la vista del plato a mí, me generaría mal rollo y una tensión incómoda.

Que sí, que tendría sus razones, pero a veces los males hay que remediarlos a solas y en casa propia.

un besazo, guapa

tensauro dijo...

Hay que ser mejor pensados. Yo creo que estaba tan insimismado con la cena que estaba degustanto, un defecto de formación. Que mejor regalo para una persona que mostrar como disfrutas de la cena que te han preparado.

Debes pagarle con la misma moneda cuando degustes su tarta tatin.

SIB dijo...

Y como te comprendo, mi carácter me hace tirarme en picado cuando una mirada me parece hostil, cuando no me sonrien con la sonrisa franca que espero, cuando algún gesto se sale de mis patrones preestablecidos... Y después me pasa lo que a ti me arrepiento hasta el infinito, me doy cuenta que nada es lo que parece y mucho menos podemos esperar que las personas sean como nosotros los dibujamos... Veo que la paciencia no es lo nuestro, pero reconociéndolo vamos camino de ello no crees?...
P.D.: Me vuelve tarumba la Tarte Tatin...la he tomado en Biarritz mil veces y me trae recuerdos maravillosos¡¡¡
Un beso

Eduardo Arias Rábanos dijo...

Nada de culpabilidades.
A mí me ha pasado alguna vez algo parecido, pero, eso sí, mi reacción fue totalmente distinta. Y es que la sociedad requiere que todas los intervinientes pongan de su parte. Si no, no hay grupo sino adición de personas (y a veces, ni eso, porque algunos ni a persona llegan).
Ánimo y besines

Ning1 dijo...

Que dificil es la comunicación entre personas, y no me refiero a hablar sino a entenderse.

En cualquier caso la entrada es preciosa, estoy seguro de que a esa persona le encantaría poder leerla. Y deja tanto abierto a la imaginación...

Disfruta de la tarta ;)

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